El trabajo de una médica de familia – Cañada Real Galiana

16 diciembre, 2010

Tengo el placer de colgar un maravilloso artículo de una médica genial.

Una médica de familia y comunitaria con una gran pasión y dedicación por su población.Y claro que hace mucho, pero mucho, ¡¡¡muchísimo!!! Aunque a veces ella no lo vea, como nos explica en el artículo.

Se llama Beatriz Aragón y trabaja en la Cañada Real Galiana.

A continuación os copio el artículo que ha sido publicado en Acta Sanitaria.

¡Gracias Bea por ser como eres, por contarnos tu día a día y por dejarnos estar a vuestro lado!

¡Gracias por hacer ese maravilloso trabajo que haces!

LA CAÑADA REAL GALIANA (MADRID): EL TRABAJO DE UNA MÉDICA DE CABECERA
Beatriz Aragón
aragon.be@gmail.com

Hace varios años que trabajo como médica en Cañada Real (Madrid).
Cañada Real es nombre que evoca marginación. La simple mención
del lugar hace que buena parte de los lectores tengan una idea sobre
lo que voy a escribir.

Antes era menor el poder de evocación y menos los que, con tan sólo
esta referencia, pensaran en exclusión social, droga, inmigración,
infravivienda, chalets de lujo, gitanos rumanos y tantas otras gentes y
cosas que nos vienen a la cabeza, si hemos visto alguno de los
múltiples programas de televisión que en los últimos tiempos se han
hecho sobre la zona.

Desde que trabajo en Cañada he visto los cambios que llevan al
abismo a una zona deprimida. Cañada Real Galiana, Valdemingómez,
El Gallinero… distintos nombres para hablar de realidades muy
diferentes entre sí, pero que comparten el tener una imagen muy
negativa a los ojos de la sociedad, como “el mayor punto de venta de
droga de Europa”, “el mayor asentamiento chabolista de gitanos
rumanos”, “el poblado de la vergüenza”, etc. Y es que lo que
inicialmente sirvió de paso de ganado para la trashumancia se
convirtió en el camino de los camiones que iban al vertedero de
Valdemingómez (donde acaban todos los residuos sólidos urbanos de
Madrid) y ahora es zona de tránsito para los usuarios de droga ilegal.

Lugar de paso para unos y residencia para otros tantos: desde
aquéllos que hicieron su huerto, casa o negocio durante la época
franquista (y han vivido la evolución del barrio), hasta los que llegaron
más tarde, como la comunidad marroquí (instalados e hipotecados
para adquirir terrenos sin escrituras), o los gitanos rumanos (que
fueron construyendo sus chabolas al salir del proyecto educativo
ubicado en las inmediaciones de Cañada). Los últimos en llegar son
los vendedores de droga ilegal y, con su llegada, lo que antes parecía
un barrio de casas bajas ahora cada vez se parece más a un poblado
chabolista.

Cañada no es habitable y por ello no tiene servicios públicos: no hay
autobuses, la recogida de basura es dos veces a la semana (con los
camiones escoltados por policía), la luz se pincha, el agua se pincha,
las rutas escolares no son suficientes para el número de niños
escolarizados, no hay alumbrado ni aceras, la carretera está llena de
baches que nadie arregla. Como no es habitable, tampoco se sabe
cuánta gente vive; no hay censo, sólo estimaciones, pues
empadronarse en la zona es casi imposible para muchos.
Desde enero del 2007 estoy en un proyecto que se llama “Equipo de
Intervención con Población Excluida”, que depende de Atención
Primaria, de la Gerencia del hasta ahora Área 1 de Madrid. En ese
sentido mi contrato es uno más de médico de familia y soy una más
que formo parte de un equipo de atención primaria en un centro de
salud “normal”.

Pero mi trabajo no es “normal”, pues mi tiempo no transcurre en el
centro de salud, sino siempre en la calle.

Trabajamos juntos un enfermero, un conductor y yo en una furgoneta
con la que nos desplazamos por los siete kilómetros de Cañada, que
pertenecen al distrito de Villa de Vallecas. Esos kilómetros los
recorremos a diario para atender a la población, como si se tratara de
una consulta ambulante de atención primaria. Con algunas
peculiaridades: atendemos sin distinción de edades, dispensamos
medicación y tramitamos tarjetas sanitarias nosotros mismos.

De vez en cuando tenemos la grata compañía de médicos residentes,
que nos aportan su entusiasmo y su curiosidad, y que refrescan
nuestra visión ante cosas a las que nos hemos ido acostumbrando con
el paso del tiempo.

El objetivo principal del proyecto es servir de puente entre la población
que vive en la exclusión y la red sanitaria “normalizada”, y analizar las
barreras de acceso para esta población. Una tarea aparentemente
fácil. Pero yo misma todavía no acabo de entender todas las
implicaciones que esto conlleva. Por eso me parece útil relatar un día
cualquiera de mi trabajo.

Hoy empezamos el día haciendo la cura de las úlceras por presión de
uno de los pacientes del programa de inmovilizados del centro de
salud Es un paciente “nuestro” y parece lógico que nosotros nos
encarguemos de este tipo de enfermos y así evitemos el
desplazamiento de otros profesionales del centro de salud. Entramos
en la casa como otro día más; al vernos los perros empiezan a ladrar,
la familia continúa haciendo las tareas del hogar, el paciente en su
cama apagándose poco a poco. Como tantos otros días pienso “¿por
qué acabó aquí?”. Su mujer me pregunta por qué cada vez la
ambulancia tiene que venir con la policía, si ellos no tienen nada que
ver “con los de abajo”. Le explico que los servicios de emergencias lo
tienen así estipulado, porque han tenido algún problema en otras
zonas y no quieren venir sin escolta. Muchas veces esto supone un
enorme retraso en la atención. Se siente ofendida porque la tratan
“como una delincuente”.

Nos despedimos hasta mañana, en que volveremos a hacer lo mismo.

Ya nos podemos ir al Gallinero, donde ahora vive la mayoría de las
familias gitanas de origen rumano de Cañada. Habrá algo más de 500
personas y, como en otros asentamientos, la mayoría son menores de
18 años. Aparcamos la furgoneta y unos cuantos niños vienen a
recibirnos, a darnos abrazos y a enseñarnos heridas ya curadas, como
pretexto para subir “a la consulta” y que les hagamos caso. A veces
vienen a vacunarse solos niños y niñas de 6/7 años. Hoy hay muchos
más niños porque es día de huelga y no han ido al colegio.

Nosotros somos siempre servicios mínimos de nosotros mismos; no
hay huelga posible, no hay posibilidad de negar lo mínimo a los que
viven en la exclusión.

Se arremolina un grupo de mujeres, niños y algún hombre alrededor
de la furgoneta, en el entorno que hace de “sala de espera”. Empiezan
los gritos. Las consultas se realizan a todo volumen, vociferando por
encima de los vecinos. Hay que darse prisa para ir descartando lo
banal, sin que nada importante se nos pase, e intentando que el
conflicto en la “sala de espera” sea el menor. Todos quieren ser los
primeros, nadie puede esperar. Cuando la niña de 5 años me pide
pastillas porque le duele la cabeza, sobreentiendo que es su madre la
que le manda a por paracetamol para ella, hasta que veo los ojos
febriles que me miran con cara lastimera. Una faringoamigdalitis, el
colegio ha empezado y empiezan los contagios. “Ve a buscar a tu
madre que te tienes que tomar un sirope” (el jarabe de toda la vida).

Mientras, mi compañero está quitando unos puntos e intentando
convencer al paciente para que se vacune del tétanos y una chica de
15 años le pide un vaso con insistencia. Quiere hacerse un test de
embarazo, su amiga también. Su vecina también quiere saber si está
embarazada, pero muestra más temor que ilusión, su último bebé
tiene sólo 9 meses. Aprovecho para ofertarle métodos anticonceptivos.
Ni hablar del preservativo, las pastillas son muy caras, el DIU no sabe
dónde se lo ponen y tiene demora. Y ella tiene miedo y quiere algo ya.
Le propongo el anticonceptivo inyectable que le podemos poner
nosotros: “¿la vacuna de no embarazo?”, “sí, eso”. Y pese a que sus
vecinas ya le han contado que tendrá alteraciones menstruales y otros
miedos asociados al uso de anticonceptivos, como el perder o ganar
peso, que la sangre se te suba a la cabeza y por esto tener migrañas,
que no puedas tener hijos nunca más, o que te quedes embarazada
aunque los uses, ella decide ponerse la inyección y luego ya verá.

Va pasando la gente, bebés recién nacidos, embarazadas en distintas
fases de gestación, de edades muy variadas, desde los 15 hasta los
35 años, por encima de esta edad es infrecuente, hombres que se
sienten con derecho a no esperar para que les tome la tensión porque
les duele la cabeza. ¡Qué manía con la tensión! Todo el mundo quiere
que le tome la tensión, como si certificara su buena salud, y ¿por qué
habrá calado tanto en esta población a la que no llega ningún otro
discurso preventivo?

Si te duele la cabeza, es por la tensión; si estás cansado, es por la
tensión; si tienes ansiedad, la tensión, sin duda. Nada tiene que ver
que hayas arrastrado 50 litros de agua en un carrito de niño
desvencijado, que no hayas podido dormir porque uno de tus 5 hijos
con los que compartes habitación de cuatro metros cuadrados no ha
parado de toser, que te haya llegado una carta que no entiendes lo
que pone y temes que sea del juzgado de aquella vez que estabas
pidiendo en el metro con el bebé a cuestas. No son estas cosas las
que te hacen sentir mal; obviamente es la tensión. “Me encantaría
tener una pastilla para cambiar todo esto y mejorar tu “tensión”, pero
no la tengo”, pienso. “Sólo a veces encuentro las palabras o el gesto
que te trasmite algo de sosiego, otras veces te enfadarás conmigo
porque nunca te doy nada (y a los demás si les doy y a ti nunca
nada)”.

La vivencia de la enfermedad por los pobres es como privación de
algo que los demás poseen, de ausencia injusta de la salud o del
remedio para estar sano.

Así pasan las horas. Hoy ni nos ha dado tiempo a salir de la furgoneta,
a dar un paseo para ver gente nueva, gente que no se acerca o
porque está trabajando o porque no tiene nada que consultar. Vemos
que hay mucha más gente que hace unos meses, que cuando
empezamos a trabajar; conocidos antiguos que han vuelto, gente que
no habíamos visto nunca. Al haber más gente, hay más basura
alrededor de las chabolas, y sólo hay una fuente de agua para todos.
Pasan los años y el aspecto del poblado es cada vez peor, más sucio,
más ratas, más deterioro, mayor marginación y abandono.

A veces me pregunto de qué sirve mi trabajo, si no hay unos mínimos
que permitan vivir de una forma digna.

A veces me parece que mi trabajo sirve de poco.

Nos tenemos que ir a otra zona, la parte donde viven los marroquíes;
habíamos quedado para vacunar a un niño, tiene tarjeta sanitaria y
preferiría ir al centro de salud, pero el padre se ha quedado sin trabajo
y se va todos los días “a buscarse la vida” y no puede llevarlos con el
coche. La madre no conduce y casi no habla español. Hace unos años
apenas conocíamos a la población marroquí, iban al centro de salud
sin problemas. Ahora que el paro reina en las casas, la economía no
está como para visitas médicas. Así que cada vez nos consultan más,
y vamos conociendo a más y más gente. Cuando vemos que es
necesario, los derivamos al centro de salud y si se trata de una
consulta que podemos atender y solucionar, lo hacemos.

Ya son las tres y media, el conductor empieza a mirarnos impaciente y
nosotros también nos vamos dejando cosas para mañana, pidiéndoles
que vuelvan, pensando por qué camino salir y las cosas que han
quedado pendientes, las citas a especialistas que hay que pedir, los
resultados que tengo que imprimir, esa recogida de datos que en el
caos nunca encuentra su momento.

Este es el relato de un día cualquiera. Mañana será distinto, aunque
haya ciertas rutinas que se repitan.

Espero que estas palabras os hayan podido aproximar a lo que hago
cada día, a mi impotencia, a mi compromiso, al dolor de no saber qué
hace una bien (si algo). Trabajar de médica de cabecera en la Cañada
Real es un trabajo duro. Pero me gusta.

En El Gallinero sólo hay una toma de agua, la gente arrastra en
carritos de niños bidones con el agua para sus casas. Sus
necesidades las hacen donde pueden, los niños fuera de las chabolas,
los adultos intentan ocultarse. Uno de los síntomas que más me
cuentan las mujeres son molestias urinarias y el otro día me
preguntaba si tendría que ver con esto de hacer pis en la calle con
este frío invernal… Lo de la higiene es bastante difícil en tales
condiciones y, por mucho que los niños vayan al cole e intenten ser
uno más, van llenos de barro y algo que estigmatiza mucho más, es
que huelen mal. Es difícil integrarse así, creo yo…

Madrid, España, diciembre, 2010.

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